Por los ancianos, para que sostenidos por las familias y las comunidades cristianas, colaboren con su sabiduría y experiencia en la transmisión de la fe y la educación de las nuevas generaciones.

Hay pueblos, en particular en África y Asia, que reconocen mucho más que otros el aporte de los ancianos y pueden ayudar a cambiar nuestra mirada. Últimamente estaba en Vietnam y me sorprendió ver cómo la gente era atenta y respetuosa con las personas ancianas. En un encuentro de todos los directores diocesanos del MEJ, la persona más anciana, un capellán diocesano desde 1975, estaba puesto al honor en las celebraciones eucarísticas pero también en las reuniones. Se sentía mucho respeto, escucha, y se le hacían preguntas sobre su experiencia. En Europa tenemos tendencia a descartar las personas ancianas. En una sociedad de rendimiento y productividad, de incesante progreso tecnológico, los ancianos aparecen desajustados, fuera de campo, y los jóvenes como si llevaran la promesa. Los ancianos aparecen como cargas, como si no pudiesen aportar nada. Es la “cultura del descarte” que ha denunciado varias veces Papa Francisco, una cultura que descarta los más vulnerables, y en particular los ancianos.

En Vietnam aquel anciano, capellán diocesano, a quién se dio la palabra para iniciar el encuentro nacional en medio de los mayores responsables del movimiento, dijo: “vengo para volver a ser un niño y aprender de ustedes”.  ¡Qué humildad, capacidad de apertura y escucha, para decir eso después de más de 40 años de experiencia! El traía la memoria de la evolución pedagógica del MEJ en su país desde 1975 y era precioso, pero al mismo tiempo estaba abierto a la novedad.

Como lo vemos con Simeón y Ana, en el Evangelio escrito por san Lucas. Nos dice que estos ancianos, esperaban la venida de Dios, el corazón abierto a la novedad, a los signos de Dios. Ana, de 84 años de edad, no se “apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones” (Lucas 2, 37) y Simeón lleno del Espíritu Santo se dejaba conducir por él (Lucas 2, 27). No fueron los sacerdotes levitas o la gente apurada y ocupada a los sacrificios pedidos por la ley quienes reconocieron al niño Jesús, pero estos ancianos. Como dice Francisco, “la ancianidad contiene una gracia y una misión, una verdadera vocación del Señor. La ancianidad es una vocación” (1). Pueden abrir nuestra mirada y corazón. Su sabiduría y experiencia son de un gran aporte.

Recuerdo mi abuela, cuando me contaba su historia, su huida de Barcelona bajo los bombardeos, su travesía a pie de los Pirineos con su niña en brazo, los meses encerrada en los campos de concentración para refugiados españoles, su lucha para sobrevivir, su historia era mi historia. Cuando me contaba su experiencia de vida me daba raíces y los gestos de solidaridad que había vivido, el perdón y la reconciliación, todo lo que me transmitió, formó mi mente y mi corazón. Las personas ancianas, los abuelos especialmente, tienen una misión muy importante en la formación de las nuevas generaciones.

En una homilía brindada en Santa Marta Francisco dijo: “Los ancianos son los que nos traen la historia, nos traen la doctrina, nos traen la fe y nos la dan en herencia. Son los que, como el buen vino envejecen, tienen esta fuerza dentro para darnos una herencia noble (…) Verdaderamente la vejez tantas veces es un poco fea, por las enfermedades que trae y todo esto, pero la sabiduría que tienen nuestros abuelos es la herencia que nosotros debemos recibir” (noviembre de 2013). Y en El Video del Papa sobre los ancianos: “A ellos se les ha confiado transmitir la experiencia de la vida, la historia de una familia, de una comunidad, de un pueblo”. Sin ellos “una sociedad pierde la memoria, está perdida. No tiene raíces”

Una invitación pues, en este mes de diciembre, a acércanos a nuestros abuelos, a personas ancianas, particularmente en nuestro entorno, y recibir de ellos nuestra historia, nuestra raíces, la sabiduría de la vida.

No olvidemos además la importancia de la oración de los ancianos. Francisco recordó que era un don para la Iglesia, una riqueza. En una Audiencia General invitó a mirar a Benedicto XVI, quién, dijo “eligió pasar en la oración y en la escucha de Dios el último período de su vida” (Audiencia General del 11 de marzo 2015). Citó también Olivier Clement, un creyente de tradición ortodoxa: «Una civilización donde ya no se reza es una civilización donde la vejez ya no tiene sentido. Y esto es aterrador, nosotros necesitamos ante todo ancianos que recen, porque la vejez se nos dio para esto». La sabiduría y experiencia de los ancianos en la educación de la nuevas generaciones es esencial pero también, especialmente en la transmisión de la fe, su oración.

Frédéric Fornos SJ

Director Internacional de la Red Mundial de Oración del Papa y del MEJ

Tomado de : es.radiovaticana.va/


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